Blog Muñecos por el desarrollo

Construir, manipular, animar.

 

Construir, manipular y animar

Cuando mis amigos y familia se enteraron de que iba a participar en el Proyecto de la Fundación Muñecos por el Desarrollo se alegraron por mí. Cuando se enteraron de que tenía que viajar a República Dominicana se entusiasmaron con la idea de que iba a conocer playas de arena blanca... Cuando les dije que todo eso iba a suceder en una semana no se lo podían creer y menos yo… Porque me llaman una mañana a mi trabajo y me dicen que si todavía estoy interesada en participar en el proyecto, que ha habido una baja y que tengo una semana para arreglar mis cosas…¡todo tan rápido y tan de repente! Y yo, ni lenta ni perezosa, digo un gran SÍ.

Ya sabía que la animación stop motion con plastilina (a lo que me dedico en mi país) no es igual que animar títeres para la televisión. Lo sabía desde que me entrevistaron el año pasado, porque dejaron claro que no es lo mismo, sobretodo en lo referente a los tiempos de grabación. Pero también sabía que tenía sus matices. Trabajar en equipo, desarrollar una idea, trasladar vida y sentimiento a ese objeto que, aparentemente, no lo tiene. Pensar que tenía la oportunidad de aprender una nueva técnica de manipulación de objetos inanimados simplemente me parecía genial.

La concepción de una idea y la concreción de la misma son partes que tienen en común todos los proyectos animados. No puede faltar la pasión, la concentración y la intensidad que demanda trabajar en una producción donde las  “estrellas” no son personas, son muñecos u objetos. En concreto, aplicar para este proyecto significaba darle vida a muñecos que, de entrada, te inspiran ternura pero que, en realidad, tienes que aprender a ver como herramientas de trabajo.

Y entonces, ¿cómo funciona el proceso?. Para empezar, hay que partir de una idea. Hay que preparar el terreno donde la queremos desarrollar y, aunque puede parecer una etapa larga y tediosa, es la base que nos llevará a la magia que le sigue: definir personajes. No podemos pretender trabajar en algo si no tenemos un objetivo al cual queremos llegar, una meta que alcanzar. Eso es lo primero que nos enseñaron en la clase de producción. Además de la importancia y del valor que hay que darle a nuestro trabajo.

Segundo, el proceso de construcción de esa idea. Tener claro qué es lo que queremos hacer nos lleva a cómo hacerlo, qué materiales usar, etc. Definir a los personajes hasta el último detalle, un proceso largo y minucioso que nos llevará a enamorarnos de nuestras creaciones, a conocerlas y a saber apreciar sus colores y texturas. Es entrar en un taller donde no sólo se arma una estructura, sino que se empieza a dotar de expresión y por qué no, también de sentimientos y personalidad, a ese muñeco que se animará.

Tercero, el momento de la manipulación frente a la cámara. Un momento emocionante y que no deja de sorprenderme: un muñeco que se mueve y que es capaz de sentir y hacer sentir. Quizá la más grande diferencia respecto de la animación en plastilina es que, si bien es cierto que también se trasladan emociones al personaje, el animador stop-motion toma distancia de esas emociones; un titiritero no puede alejarse, tiene que saber estar para que el muñeco se proyecte.

Lo que me queda claro al final del día es que sí tienen algo muy importante en común los dos trabajos: terminar el día agotada, pero contenta de ver y sentir resultados y, aunque a veces no son los resultados que esperamos de entrada, tenemos la oportunidad al día siguiente de seguir dando lo mejor para construir, manipular y ANIMAR.

Leticia Girón.

El Salvador.

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